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  • Foto del escritorJuanse Chacón

Ceniza en la boca

Actualizado: 4 dic 2022

La herida que jamás ha de ser cerrada, el recuerdo es una voz que te chilla por dentro. Ceniza en la boca se empieza a leer sabiendo que se narra una desgracia, no desvelo nada. Lo importante es el cómo, el trayecto, ir página a página testigo de un pensamiento, el de la protagonista, que a cada pregunta que se plantea le brota otra duda, que cada hecho trascendente de su pasado lo subraya, no se evade en la vacuidad sino que se enfrenta a su historia personal con valentía.

Es curioso pero no será casualidad que en las últimas novelas mexicanas que he leído la adolescencia o primera juventud tenga un poder relevante, quizás la etapa donde el fuego más arde, cuando se ama y se escupe a la realidad más fuerte. Polo y Franco Andrade de Fernanda Melchor, Juan Guillermo de Arriaga y ahora Diego de Brenda Navarro son personajes que nos hacen plantearnos que algo está sucediendo y se nos escapa, un polvorín de causas convierten las vidas de estos chavales mexicanos en una odisea. En el caso que hoy nos atañe, Ceniza en la boca, el drama íntimo del suicidio de Diego no se puede separar del drama social, de la tragedia mexicana y sus violencias.
Tiene mucho de huida hacia adelante la novela de Brenda, del sentido último de la patria mexicana anhelada más allá del océano cuando no ves acomodo para el alma ni en Madrid ni en Barcelona y las ilusiones devienen en un problema migratorio que estalla en tu nariz lectora. La inmigración se describe no con ideas generales y vagas sino concisas y realistas, con la visión de denuncia y mofa de la protagonista, hermana de Diego. Se resalta el racismo y clasismo en las acciones y costumbres, en el trabajo, en las aduanas. Nos muestra parte de la historia reciente de España desde el punto de vista de unas manos trabajadoras, nos retrata la falta de humanidad de personas excluyentes que van sobradas de un chovinismo catalán o español rancio y no saben apreciar y enriquecerse con la mezcla y la diferencia. Les asusta e intentan enfrascar su esencia aunque esa supuesta pureza termine pudriéndose y pudriéndoles.
Hablando del sentido de pertenencia a una ciudad o patria y del sentirse o no desnortado cuando encima se suma la desgracia, dejo aquí este párrafo que subrayé a lápiz, pequeña muestra de la literatura de Ceniza en la boca, de un futuro incierto: “Y no lloré, ni me dieron ganas de llorar. De pronto, así acompañada, justifiqué a Diego, abracé su decisión. No había una vida por delante, al contrario: migajas, piezas de rompecabezas sueltas, un reloj con el tic tac avanzando y una serie de acontecimientos abollados, encimados los unos de los otros sin rumbo fijo. Nada de vida por delante, ni para Diego, ni para mí”.
La familia juega un papel crucial en la novela, va siempre de la mano del resto de temas. La protagonista siente el desprecio de los hijos de la anciana a la que le limpia el culo día y noche, o la esclavitud que sufren sus amigas latinas haciendo las camas en los grandes hoteles de Barcelona, a ello se le suma el desarraigo, la distancia con los abuelos mexicanos, una madre que solo va a lo suyo, los sueños destrozados después de tanta expectativa. La novela transcurre por esos márgenes que una ilusoria comodidad a veces no nos permite ver y es necesario el viaje más allá del los océanos para entenderlo. Ceniza en la boca es lo contrario a un escaparate miraquelindo, muestra la trastienda donde se produce el engaño que afecta a muchísimas personas. También deja entreabierta la trastienda del alma, la de Diego, pero esa ya es más difícil de sondear.








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